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Martes a viernes

de 12.30 a 20.30 hs.
Sábados, Domingos
de 9.30 a 20.30 hs.
Lunes cerrado

Entrada Gratuita

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Tuesday to Friday
12.30 - 8.30 p.m.
Saturday and Sunday
9.30 a.m. - 8.30 p.m.
Monday closed

Free admission

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Notas de Prensa

San Juan Evangelista, de El Greco.



Reconocido en su época, olvidado durante siglos y recuperado por el romanticismo y las vanguardias, El Greco siempre le ha dado dolores de cabeza a los historiadores del arte. Sus figuras alargadas, que serpentean como llamas en ambientes oscuros y enrarecidos, lo acercan al barroco y al manierismo, pero la austeridad de su dibujo y la acidez de sus tonos lo colocan lejos de cualquier obra producida en su época. Si es verdad que uno no pertenece al lugar donde nace sino a aquel donde por primera vez echa una mirada propia sobre el mundo, El Greco nació en Toledo cerca de 1567, cuando llegó a España a los treinta y seis años, atraído por la posibilidad de trabajar en la corte de Felipe II. Antes, se había establecido en Venecia, donde llegó manejando las técnicas de los íconos bizantinos que se hacían en su Grecia natal y de donde se fue, diez años después, ya experto en el uso del óleo, la potencia del color y la luminosidad, tras estudiar de cerca los cuadros de Tiziano. Pero fue en Toledo donde encontró una imagen distintiva, el tipo de figura y composición que hizo que lo llamen místico, excéntrico y visionario. Allí pintó El entierro del Conde de Orgaz, el primer retrato colectivo realizado en España, una composición complejísima, tan oscura como redentora, en donde El Greco describe las exequias en la Tierra y la recepción en el Cielo. Allí también pintó San Juan Evangelista, la obra que por unos meses abandonó las salas del Museo del Prado en Madrid y que puede verse en estos días en el Bellas Artes.

La mano finísima de San Juan señala el milagro a través del cual el veneno con el que intentaban asesinarlo se ha evaporado en forma de serpiente. La cabeza pequeña sobre el cuerpo y la composición triangular estira la figura, la eleva hacia el cielo como si San Juan fuese a levitar en cualquier momento. Detrás se recorta un vacio tormentoso que, en su oscuridad, hace resaltar la luz en el rostro y el ropaje del Evangelista (solo con ese cielo de pinceladas retorcidas, Turner podría haber hecho una obra). Colocada en la sala de Barroco y Manierismo en el Bellas Artes, rodeado por otras obras del período, el San Juan del Greco parece pedir que por fin se invente una etiqueta nueva, solo para él.

Por Lucrecia Palacios
Fuente: Los Inrockuptibles.



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