Durante el siglo XIX y hasta los primeros años del siglo XX, la colección tuvo un status semi-público: se hallaba en los dominios privados de la residencia familiar pero era accesible a aquellos aficionados que quisiesen observar y estudiar las obras.
El núcleo original de la colección fue enriquecido por su hijo José Prudencio (1837-1902), quien va a otorgar al proyecto su verdadera dimensión institucional al donar, hacia 1895, 22 obras con el propósito de contribuir a la creación del Museo Nacional de Bellas Artes. Sin embargo, fue recién en 1938 cuando el grueso de la colección pasó a dominio público a partir de la donación de 627 piezas –pinturas, esculturas, miniaturas, porcelanas, cajas, abanicos, lacas, marfiles, cristales, tallas en madera, platería y peinetones– concretada por las descendientes de ambos coleccionistas.
Un mismo perfil emprendedor y moderno es compartido por padre e hijo. Manuel José fue miembro directivo del Club del Progreso, intervino activamente en el emprendimiento del primer ferrocarril argentino La Floresta inaugurado en 1857, propulsó los trabajos del puerto de Buenos Aires y la instalación de gas para la iluminación de calles y casas.  Recibido de ingeniero en la École Centrale des Arts et Manufactures de Paris, su hijo José Prudencio se desempeñó por diez años, desde 1867, como secretario de la Legación Argentina en París, aprovechando para nutrirse sobre las bellas artes y acrecentar la colección artística comenzada por su padre. En 1877, retorna a Buenos Aires y ocupa el cargo de presidente de la Municipalidad en los años previos a la federalización de la ciudad. Hacia esos años presidió la comisión directiva de la primera agrupación que nucleaba a artistas argentinos –la Asociación Estímulo de Bellas Artes– y abrió con frecuencia su casa a los estudiantes que querían entrar en contacto directo con sus obras. No dudó tampoco en actuar como organizador y en ceder parte de su patrimonio para que éste integrase exposiciones públicas juzgadas en su momento como fomento indispensable para el cultivo de la actividad artística en la ciudad.
La variedad y tamaño de la colección formada por los Guerrico excedía el consumo exclusivo de pintura y escultura para incluir los objetos de culturas y técnicas diversas como los tallas japonesas de los siglos XVIII y XIX, los mates y sahumadores de plata de tiempos coloniales y extraordinarios peinetones de carey de la época de Rosas seguramente conservados como parte del legado familiar. El sitio privilegiado de la gran residencia doméstica fue destinado a las pinturas y esculturas, grupo de obras que hacia fines del siglo XIX constituía uno de los conjuntos más orgánicos y de mayor calidad reunidos por el coleccionismo local.
La donación inicial, consignada en el primer catálogo del Museo publicado en 1896, fue en gran parte formada por el primer coleccionista de la familia Manuel José. En este conjunto sobresalen las obras anónimas o las copias de maestros del pasado fundamentalmente italianos, pero también españoles, franceses y flamencos. En este grupo  se encuentran también cuatro obras de artistas locales o extranjeros activos en Buenos Aires hacia el tercer cuarto del siglo XIX: ellas son de Ernest Charton El velorio y Panorama de la Cordillera de los Andes y de Prilidiano Pueyrredón Asesinato del Dr. Manuel Vicente Maza y un pequeño boceto de Retrato de la señorita Manuela Rozas.
En el grupo de 159 pinturas y esculturas donado en 1938 se destacan por un lado dos significativas obras del siglo XVIII debidas a Tiepolo Los hebreos recogiendo el maná del desierto y El Sacrificio de Melquisedec, además de varias escenas de género flamencas como Nature norte de Jan Fyt y pintura religiosa española e italiana entre las que descuella Monje orando de Francisco Zurbarán. Sin embargo, es el arte de producido durante el siglo XIX el que predomina numéricamente en este conjunto, alcanzando el 70% del total de pinturas y esculturas donadas por la familia al MNBA.
Son obras debidas a reconocidos artistas decimonónicos, principalmente franceses y españoles, contando también con algunos italianos. Esto no invalida el señalar la impronta francesa predominante en la colección ya que muchos de los artistas españoles allí representados habían pasado por París, siendo esa capital el lugar de su formación y proyección a nivel internacional.
En este sentido, figura un conjunto de quince telas de Genaro Pérez de Villaamil adquirido por el primer coleccionista de la familia, en ocasión de la visita al taller del paisajista gallego que, en 1845, se ubicaba en la buhardilla de la casa ocupada por Guerrico en París. Además de proveerse de sus pinturas, Manuel José va a aprovechar la oportunidad para adquirir la totalidad de las obras que se encontraban en el taller del artista, totalidad que incluía algunas pinturas flamencas y holandesas antiguas.
A obras inmensas y premiadas en los salones europeos, como la Diana sorprendida de Jules Lefebvre o las esculturas Bagante sedutta o La Clarina de Antonio Tantardini, les fueron otorgados los sitios privilegiados de la residencia. Entre el resto de las pinturas realizados por artistas entonces contemporáneos sobresalen de Retrato de André Gil y Rocas de Gustave Courbet; Ville d’Avray de Camille Corot; Écurie, En el gallinero y Paisaje con ovejas de Charles Emile Jacques; Paisaje de Narcisse Diaz de la Peña; Marina de Eugí¨ne Isabey; Puerto de Eugí¨ne Louis Boudin; Paisaje con figuras de Franí§ois Daubigny; Odalisca de Mariano Fortuny; Bañados de Roma de Ulpiano Checa; Cielo, mar y tierra de Baldomero Galofre; Aline Masson con tocado de gasa de Raimundo Madrazo; El jardín francés y Palacio Ducal de Venecia de Félix Ziem; Ninfa y Paysanne de Jean Jacques Henner; Ríªverie de Charles Chaplin; L’évocation y Uvas de Ignace Fantin Latour; La Plaine de Léon Lhermitte; Cabeza de vieja de Theódule Augustín Ribot; Escena de carnaval de José Villegas Cordero y Retrato de José Prudencio de Guerrico de Joaquín Sorolla y Bastida.
La mayoría de ellas eran paisajes, retratos, escenas de costumbres campesinas o burguesas contemporáneas. Priman en el conjunto la marina, el paisaje principalmente rural pero también urbano, los trabajadores y los animales del campo. En este sentido, para los Guerrico lo moderno se podía expresar tanto en el modo en que estaban ejecutadas las obras como en su temática. En tanto a la primera variable, muchas de las pinturas habían sido realizadas con los nuevos recursos plásticos experimentados desde mediados del siglo XIX: pintura de plein air, presencia matérica, pincelada corta, evidente, paleta aclarada. Lo que sin embargo seguía inamovible en la mayor parte de estas obras era la composición tradicional que les servía de base.
En relación a la escultura la colección posee, además de una decena de bronces anónimos datados entre los siglos XVII y XVIII, ejemplares de artistas clave de la escultura decimonónica como Gustave Doré, Antonio Tantardini, Ernest Carrier Belleuse, Antoine Louis-Barye, Jean Alexandre Falguií¨re, Emmanuel Fremiet y La defense de Auguste Rodin, bronce comprado por la mujer de José Prudencio de Guerrico, una vez fallecido éste, en la Exposición del Centenario de 1910.
Esta sucesión de nombres apunta a subrayar la estricta contemporaneidad que caracterizó a la colección formada por José Prudencio de Guerrico, la cual exhibía todo un abanico de las principales tendencias de la pintura del siglo XIX: desde obras deudoras del estricto lenguaje académico, como era el caso de Jules Lefebvre o Léon Henner, pasando por las producciones de la Escuela de 1830 o escuela de Barbizón –Diaz, Corot, Daubigny, Boudin– hasta los denominados pintores de la vida moderna –Chaplin, Lhermitte – sin faltar el ejemplo de la pintura realista –Courbet– y sus derivados –Ribot. La misma diversidad aparecía en la sección de esculturas, con obras de factura pulida y composición clásica vinculadas a la academia –Fremiet, Tantardini– hasta aquellas que ejemplificaban las nuevas búsquedas estéticas del siglo XIX –Barye, Falguií¨re– ruptura que alcanzaba su punto máximo en la producción de Auguste Rodin.
Respecto de los mecanismos de adquisición, casi la totalidad de la colección había sido obtenida en el viejo continente. Esto se registra incluso para el caso de obras de artistas extranjeros actuantes en Buenos Aires, como fue el caso del italiano Edoardo de Martino, cuyas escenas navales fueron compradas por Guerrico en Londres en 1888. Para reunir su conjunto los Guerrico recurrieron tanto a reputadas casas de comercio artístico, como a anticuarios, sin descartar tampoco las compras directas realizadas en los talleres de los artistas. Además, existieron intermediarios, generalmente amigos o familiares, que gestionaron en Europa los encargos –más o menos específicos– de los futuros adquisidores.
Manuel José sobresalió por cultivar el consumo artístico en un momento en que estas prácticas no eran frecuentes entre el resto de su clase. El carácter de pionero sentido por el padre es heredado por su hijo: el linaje de coleccionistas se continúa de uno a otro. José Prudencio refina los gustos de su padre, al tener en mente un modelo claro de colección en donde el arte de su tiempo jugó un rol fundamental. Para ambos el destino público de la colección excedió ampliamente el gozo privado del coleccionista para proyectarse y servir a la consolidación de la actividad artística en la Argentina.
María Isabel Baldasarre
Carta de José Prudencio de Guerrico a Don Manuel Ricardo Trelles, fechada el 1ero de mayo de 1866.